
A más de quinientos kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires, existe un balneario que parece haber detenido el tiempo. En Marisol, el sonido del mar se mezcla con el canto del viento entre los médanos y el rumor del río Quequén Salado. Este pequeño pueblo costero de la provincia de Buenos Aires, ubicado en el partido de Coronel Dorrego, conserva una esencia que muchos destinos turísticos ya perdieron: silencio, paisaje y una profunda sensación de serenidad.
Durante los meses de verano, Marisol recibe visitantes que buscan algo distinto. No hay grandes hoteles ni boliches con música fuerte. En su lugar, aparecen casas bajas, calles de arena y un horizonte que se abre entre el bosque y la costa. Las familias, los pescadores y quienes huyen del bullicio urbano encuentran allí un refugio donde la naturaleza dicta el ritmo de cada día.
La playa se extiende amplia, con arenas finas y olas suaves que invitan tanto al baño como a largas caminatas. En los atardeceres, cuando el sol cae sobre los médanos, la luz dibuja reflejos dorados que envuelven el paisaje en un silencio casi mágico. Esa atmósfera convierte a Marisol en uno de los secretos mejor guardados del sur bonaerense.
Uno de los mayores encantos del lugar aparece en la desembocadura del río Quequén Salado. Allí, el agua dulce se encuentra con el océano Atlántico y crea un escenario de belleza singular. El contraste de tonos, los reflejos del sol y el vuelo de las aves conforman un paisaje que se transforma constantemente con las mareas.
Los visitantes suelen recorrer esa zona a pie, en bicicleta o en vehículos de doble tracción. Algunos prefieren acercarse con la caña de pescar al hombro otros, simplemente, buscan un rincón para contemplar la unión del río y el mar, un fenómeno natural que resume la identidad del pueblo.
El Mirador Panorámico ofrece una vista privilegiada del encuentro de las aguas. Desde allí se observan los meandros del río, los médanos y la inmensidad del Atlántico. También se pueden realizar paseos fotográficos o remar en sectores más tranquilos, donde el Quequén Salado forma pequeñas lagunas ideales para disfrutar sin apuro.
Municipalidad de DorregoMarisol conserva una escala humana: todo está cerca, todo se recorre a pie. El trato cordial de los vecinos refuerza esa sensación de comunidad que se percibe en cada esquina. Es común que los locales conversen con los visitantes, recomienden caminos escondidos o inviten a probar algún plato casero frente al mar.
Marisol se encuentra a unos treinta kilómetros de Oriente y cerca de quinientos cuarenta kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires. El acceso principal es por la Ruta Provincial 78, que conecta Coronel Dorrego con la costa atlántica. Desde Buenos Aires, el viaje en auto demora alrededor de seis horas por la Ruta Nacional 3. También se puede llegar en micro hasta Dorrego y luego continuar en remis o vehículo particular.
Las actividades en el balneario giran en torno a la naturaleza. El Mirador Panorámico, El Vimar y la Desembocadura son paradas obligadas para quienes disfrutan de los paisajes y la fotografía. La ribera del río invita a remar o practicar pesca deportiva, mientras que las caminatas entre el bosque y los médanos ofrecen la posibilidad de encontrarse con especies de aves autóctonas.
Las tardes suelen ser tranquilas: algunos leen a la sombra de una sombrilla, otros ceban mates mirando el mar o simplemente se recuestan sobre la arena para escuchar el sonido del viento. En Marisol, el tiempo parece fluir de otro modo. No hay prisa, ni bocinas, ni filas interminables. Solo el rumor del mar y la sensación de libertad que otorga la naturaleza cuando no está invadida por el cemento.
El pueblo cuenta con un pequeño centro comercial, proveedurías, cabañas, campings y algunas casas en alquiler. No abundan los lujos, pero sí la calidez y el sentido comunitario. Por eso, cada verano, quienes descubren Marisol suelen volver.

Marisol no compite con los grandes centros turísticos. Su encanto radica, precisamente, en lo contrario: en ofrecer una experiencia sencilla y auténtica, lejos del ruido. Allí, los días se miden por el movimiento de las olas y el color del cielo, y las noches se llenan de estrellas que se reflejan en el mar.
Visitar este rincón del sur bonaerense es una invitación a desconectarse del ritmo acelerado y redescubrir el placer de lo esencial. Entre el mar, el río y el bosque, Marisol sigue siendo un secreto compartido solo por quienes saben que la tranquilidad también puede ser un destino.
Foto portada: LA BRUJULA 24
NoticiasD
21 Octubre 2025